Innovación, tartas y trabajo

Roger se me ha adelantado y acaba de publicar un artículo que menciona el reportaje del Economist sobre la llamada tercera revolución industrial, que en teoría va a llevar a un nivel de automatización aún mayor, con la consiguiente reducción de empleos en ciertos sectores. Estoy de acuerdo con lo que dice. El que tardemos menos tiempo y usemos menos recursos para producir algo nos hace más ricos como sociedad. El tiempo que antes pasábamos cultivando nuestros propios alimentos o cazando (por necesidad, ejem), ahora lo podemos dedicar a actividades más productivas o, si nos queda tiempo, a cosas que nos apetezcan más.

El problema es que a pesar de que esta innovación continua nos permita repartir una tarta más grande, también tiene efectos sobre la distribución de esa tarta. Es más, yo creo que esos efectos redistributivos son mucho más relevantes hoy en día. En el pasado los cambios tecnológicos se sucedían de forma más lenta y en el fondo la adaptación era mucho más sencilla. No era necesario que los agricultores se reconvirtieran en peones de obra o artesanos. El cambio de ocupación podía ocurrir tranquilamente de generación a generación. El padre agricultor se jubilaba o moría y el hijo ya empezaba trabajando en el sector que interesase más.

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Competencia educativa, charters y concertados

Hace unos días Antonio Cabrales escribía una entrada en Nada es Gratis sobre los charter schools. Para los que no los conozcáis, son colegios parecidos a nuestros concertados: de gestión privada pero financiados con dinero público, de forma que no hay coste adicional de admisión para el estudiante o la familia.  La idea es que haya más libertad y competencia en el mercado educativo, lo cual, dice la teoría, debería mejorar la calidad de la enseñanza. Quizá por ello se ha convertido en una de las soluciones más populares para mejorar los resultados (el mismo Cabrales habla sobre el tema en su sección sobre educación primaria en esta serie de propuestas de FEDEA).

Yo personalmente soy un poco escéptico. En principio creo que hay dos funciones obvias que podrían cumplir los concertados/charters:

1. Incrementar la competencia y por lo tanto provocar una mejora en todo el sistema de escuelas. La idea es que los colegios públicos se verían obligados a ponerse las pilas y mejorar su calidad para evitar perder alumnos. Lo mismo ocurriría con los colegios privados y concertados.

2. Proporcionar más oportunidades para la innovación y creatividad. Al crear escuelas que no están sujetas a las reglas de la escuela pública se permite que los nuevos directores y profesores apliquen sus propias técnicas, que quizá sean más efectivas que las del resto. De esta manera se pueden identificar «buenas prácticas» y aplicarlas al resto de escuelas.

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Formación profesional y abandono escolar (I)

Hace un par de días escribí una entrada optimista sobre cómo, a pesar de los pésimos datos de desempleo, la tasa de ocupación no había caído tanto en España, en gran medida gracias al empleo femenino. Hoy toca ser un poco más realista, y con dos tema relacionados: Fracaso escolar y formación profesional.

En España hay algo que no funciona con la formación profesional. Sea por la forma en que está diseñada o por lo poco atractiva que resulta a los jóvenes, el porcentaje de la población que decide tomar esa senda después de la secundaria en España es mucho más bajo que en otros países europeos.

Datos: Eurostat 2010

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No rellenar un formulario te puede dejar sin educación superior

Al hilo de la entrada de ayer sobre cambios pequeños y grandes efectos, aquí hay otro ejemplo más, esta vez en Estados Unidos. A menudo parte del problema de las becas y ayudas destinadas a los más desfavorecidos no es que no existan, sino que no llegan a donde tienen que llegar. Parte del problema es que los candidatos a recibir dichas ayudas a menudo no conocen su existencia, y otra parte es que si la conocen, no tienen ni el tiempo ni la paciencia para completar el proceso de solicitud y trámite.

En EEUU decidieron probar qué ocurriría si se ofreciera más información (para los que no lo sabían o lo habían olvidado) y más asistencia personalizada (para los que no lo hacían por el engorro que suponía).

Lo que usaron en concreto fue el FAFSA (Free Application for Federal Student Aid), un formulario de diagnóstico que nos dice si somos elegibles para recibir becas para costearnos la carrera. Para ello decidieron aprovechar que ya había sesiones de asistencia en temas de impuestos para familias pobres: Dividieron a los que venían a las sesiones en tres grupos aleatorios (Nota: previamente habían seleccionado a familias con hijos en edad de ir a la universidad, especialmente aquellos que acababan la secundaria ese mismo año). Sigue leyendo