Estados y aleatoriedad

Como bien dijo en su día Roger, una de las funciones más importantes del Estado es la de ser una compañía de seguros. En otras palabras, el Estado nos defiende de los efectos (malos) de lo aleatorio. Bismarck, unos de los padres del primer estado de bienestar, dijo que “el principal problema del trabajador es la inseguridad de su existencia”, lo cual es una forma de decir que es vulnerable a los efectos de la fortuna.

Lo que intentamos con los estados es en el fondo es más matemático de lo que parece. La igualdad de oportunidades es simplemente poner en palabras la idea de que la probabilidad de éxito de un ser humano sea independiente de su raza, identidad sexual, género, o nivel socioeconómico, por poner ejemplos. Pero, ¿cómo de bien lo hacemos? Basándonos en los valores de movilidad social hay de todo. Los escandinavos lo hacen mejor, mientras que los anglosajones no salen bien parados. No obstante, hoy me quiero enfocar en los efectos menos evidentes de la fortuna, aquellos que están presentes hasta en los países más igualitarios por no ser obvios.

Un estudio reciente muestra que el momento del día en que uno se presenta a pedir la libertad condicional es un factor decisivo a la hora de obtenerla. Si nos asignan el primer turno, cuando los jueces están frescos y descansados, nuestra probabilidad de obtener la libertad condicional es de un 70%. Si somos los últimos antes del descanso de la comida, nuestra probabilidad baja prácticamente a cero. Básicamente, nuestra libertad depende de la hora del almuerzo y del humor de los jueces. Los argumentos legales a favor o en contra importan poco.

Lo mismo ocurre en muchas otras instancias. El entrar en una escuela de élite puede depender de si nuestro entrevistador rompió con su pareja la noche anterior. O una entrevista de trabajo. Imaginaos qué hubiera ocurrido si Messi hubiera estado malo el día en que vinieron a evaluarlo. O, como ya mencioné en otra ocasión, nuestro futuro puede depender de que nos ayuden a rellenar un formulario. La apariencia de imparcialidad o de objetividad abunda en nuestras vidas, cuando en realidad lo aleatorio cumple un papel importantísimo.

Mi intención no es ni mucho menos el ser pesimista. Esto siempre ha sido así y en cierto sentido es lo que nos permite vivir. Si todo fuera predecible, la vida sería un aburrimiento. Lo que quiero decir es que estamos mucho más sujetos a la fortuna de lo que nos parece, y que esta aleatoriedad tiene consecuencias importantes para el diseño de las políticas públicas. Si una de las funciones principales del Estado es reducir el efecto negativo de lo aleatorio y actuar como empresa de seguros, ¿hasta dónde debería llegar?

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